jueves, 17 de abril de 2014

Las crónicas de Buffalo: De presentaciones y palmas blancas

Capítulo 2: Compartiendo tradiciones

Había quedado con la iaia Rosa para asistir a la procesión del Domingo de Ramos. Es una tradición que a ella le gusta mucho. Comprar la palma para los peques, ponerlos bien guapos, llevarles con ella a la bendición de las palmas y luego, al volver a su casa, colgarlas en el balcón. Allí permanecerán durante todo el año para atraer la buena suerte y proteger a los niños. 

En mi pueblo, y sé que en otros también, persiste otra tradición relacionada con este día. Esa que dice que el Domingo de Ramos hay que estrenar algo. Incluso tiene su refrán: "Diumenge de Rams, qui no estrena no té mans". 
Yo no soy amante de estas cosas, y menos teniendo ropa de vestir en el armario. Además, para estreno ya teníamos a Buffalo. Este sería el acto elegido para su presentación en sociedad.

Estábamos ya listos para salir, bajamos las escaleras de casa de la iaia y allí estaba él, esperando pacientemente. 
—Mamá, papá... este es Buffalo. 
Un montón de alagos salieron de sus labios. Se habían quedado impresionados. Que si era muy bonito, que si se le veía muy fuerte... 
—El sí que podrá acompañaros a cualquier sitio. Con ese pedazo de ruedas que tiene...—dijo mi madre.  
—¡Claro! Es todoterreno. Y puede ponerse a dos ruedas para que nos sea más fácil pasear juntos por zonas difíciles como la arena o la nieve.
Vamos, porque Buffalo ya es rojo y no se le nota, porque seguro que se le puso la capota como un tomate.



Llamamos a la iaia María, la bisa, para que saliera al portal a ver lo guapos que estábamos todos. Ella está ya bastante mayor y no le apetecía acompañarnos, pero era imprescindible que nos viese antes de dirigirnos a la procesión. Si no, al volver tendríamos bronca todos. 
Al ver a Buffalo no pudo reprimirse: "Chica!!! ¿Y eso? ¿Tenemos nuevo miembro en la familia?" Le expliqué que Buffalo iba a estar con nosotros una temporada, que sería el nuevo compañero de César... Ella, a sus 86 años, se mostraba un poco recelosa. En parte la entiendo. Diez años llevando a sus biznietos a pasear con Carro. Viéndolo en casa día a día. Y de repente, llega a casa un extraño que pretende remplazar al otro... Mmmmmmm. No se, no se...
A la iaia María nunca le gustaron los cambios. Así que comenzó con su habitual interrogatorio: "Que moderno, ¿no?" "¿No será muy alto?" "¿Va bien cogido el nene? A ver si se va a caer de ahí arriba." "¿Y si se duerme?"... 
—Sí, es muy moderno. Y eso mola mucho, ¿verdad Buffalo? A nosotros nos encanta. Y tranquila, que no se cae. Es muy seguro porque el cinturón que lleva no puede soltarlo César. Es un cinturón que le coge también los hombros. Y, aunque no te lo parezca, Buffalo también se tumba si César quiere dormir. Es muy cómodo. Solo tienes que ver la cara del nene.
César no paraba de reír. Sentado sobre su amigo jugaba a golpearle con la palma blanca una y otra vez. Estaba súper contento. Como nos íbamos todos juntos de paseo...


Salimos de casa y nos dirigimos al inicio de la procesión. Ni que decir tiene que Buffalo se movía como pez en el agua por las calles de El Campello. Como si conociera el pueblo de toda la vida. La gente conocida nos saludaba: Unos de pasada, mirando de reojo a Buffalo. Otros, aprovechando que nos parábamos a charlar, directamente preguntaban por él. Algunos, los menos, sabían que le habíamos estado esperando. "¡Que guay! Ya lo tenéis. Ahora a disfrutarlo". Es lo que tienen estos actos, que como participa medio pueblo, pues te encuentras con todo el mundo. ;)


Poco después de comenzar la procesión Carla comenzó a quejarse. Decía que le dolían los pies, las piernas... Recuerdo que pensé: "Ya estaba tardando..." Tanta atención sobre César y su nuevo compañero le estaba pasando factura. Lo que le pasaba, realmente, es que ella también quería subirse en Buffalo.
La procesión de la palma es muy cortita por lo que el "dolor" no duró mucho rato. Al terminar, el peque quería bajar a correr por la plaza de la iglesia, así que hicimos un cambio. Yo cogí a César y Carla se sentó corriendo. No fuese que alguien le quitase el sitio.


El regreso a casa de los iaios lo hicimos con Carla sentada en él. Yo llevaba a César al brazo mientras la iaia, subida en sus taconazos, manejaba a Buffalo sin dificultad. Aguantó como un campeón. Ni notó que llevaba a una niña de 4 años y con el doble de peso que antes. Si es que está hecho un machote.

¿Qué nuevas aventuras aguardan a nuestro amigo? ¿Soportará Buffalo el trajín de esta numerosa e inquieta familia? No te pierdas el próximo capítulo de... Las crónicas de Buffalo (Puedes leer los otros capítulos aquí).


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